El magnetismo del valle
Los pintores urbanos siempre se han sentido atraídos por el valle de Calamuchita. La fascinación por el paisaje meridional con su clima benigno bañado en la luz radiante siempre convocó en masa a artistas de toda índole, aunque en el caso de Fortunato esta ha sido una rara excepción.
El afán primordial de Fortunato era el de acercarse lo más posible a lo que el entendía como la “Naturaleza Inmobiliaria” y esta relación directa (y hasta erótica arriesgamos) con ella lo acompañó en su segunda y más brillante etapa: “lo que hay que escuchar es el lenguaje de los loteos,mucho más que el de los pintores”,expresaba, casi a los gritos, en cualquier inauguracion a la que asistía.

Agotado de reflejar las carencias sociales de la vida urbana en su Santa Rosa natal se alejó en busca de nuevos horizontes. Cuatro obras quedan de este temprano período: “Sin paicor y sin trabajo”, “la Trabajadora social”, “Cerveza Córdoba dentro de envase telgopor” y “trabajadora social despedida”. En todas ellas un realismo descarnado, casi sucio diriamos resalta en esas representaciones planas donde los detalles adquieren vida por la línea de color que los dibuja. Fortunato nos explica su técnica con las siguientes palabras: “en mi cuadro del jubilado he tratado de expresar que cobrando la mínima uno puede arruinarse, mediante la contraposición de un rosa pálido y los duros verdes he querido transmitir la desdicha de un hombre viejo aunque no pude justificar ante los críticos de la galería que el alcohol, el abuso de la morfina y una endeble alimentación hagan confundir al jubilado con una mancha rosa pálida y verde dura”
“¡lo que hay que escuchar es el lenguaje de los loteos, mucho más que el de los pintores!”
Para Fortunato siempre fue esencial la veracidad a la hora de representar el progreso humano. La única realidad que contaba era la realidad misma; la realidad del momento, la actual, no la de un pasado lejano
Su postura frente a todo lo que se muestra en sus cuadros es la de una persona que ama y acepta la realidad tal como es. Con su arte quería dirigirse a los seres que vivían el presente y experimentaban las cosas elementales de la vida: la naturaleza, los objetos, el dolor y la propiedad privada.

Este ofrecimiento total al que nos referimos se percibe también en su obra “propiedad del loteo El Cedrón sin árboles”. La mirada se sumerge, en el incipiente alambrado que augura una tranquilidad al propietario, al tiempo que las ventanas enrejadas son rotundos puntos oscuros que insinúan una fulgurante alarma en su interior. Zonas de tonalidad verde dan sustento a la construcción en donde la audacia de Fortunato ha recibido críticas de la familia que le echó encara porqué obviaba el cartel de propiedad privada: “el énfasis está en el color” fue su tajante respuesta.
El desafortunado, con perdón de la expresión, evento que truncó su carrera ascendente fue el triste episodio ocurrido en la pulpería del pueblo vecino. Acodado en el mostrador y con el rostro colonizado por la ginebra Fortunato había llevado su última obra “huella de Hilux después de la tormenta” para presentársela al marchand que frecuentaba el lugar. Uno de los parroquianos, cuya boca se alargaba en una cicatriz como raja de sandía se burló de su cuadro con textuales palabras “no le llega ni a los tobillos de un Molina Campos”. De temperamento colérico, nuestro pintor lo insultó y, luego de un murmullo ininteligible, el parroquiano sacó el facón (que en su mano era un tigre) y se lo hundió en el pecho, no sin antes atravesar la firma del cuadro con el que Fortunato intentó protegerse. Casualmente otro pintor presente en el lugar, retrató la situación meses después en un tríptico llamado “Lamentación sobre pintor muerto”, expuesto en The National Gallery y vendido por medio millón de dólares.










